Hacia un nunca jamás
¿Qué se puede decir de un muchacho de veinticinco años que murió? Que la naturaleza era para él un valor sagrado, y que su espíritu está en un árbol en Páramo Guerrero.
«¿Qué se puede decir de una muchacha de veinticinco años que murió? Que era hermosa. Y terriblemente inteligente. Que adoraba a Mozart y a Bach. Y a los Beatles. Y a mí.»
Cuando leí este libro en la época de mi adolescencia, luego de ver la hermosa y romántica película protagonizada por Ryan O'Neal y Ali MacGraw, jamás pensé que algún día en el futuro estaría yo en la misma situación y planteándome la misma pregunta.
¿Qué se puede decir de un muchacho de veinticinco años que murió? Que era mi hijo mayor, un ser humano hermoso por dentro y por fuera, inteligente, culto, inquieto intelectualmente, tierno, amoroso, responsable, comprometido, detallista. Que amaba entrañablemente a su familia, papá, mamá, hermano menor. Que fue mi maestro en muchos temas y circunstancias. Para quien la naturaleza, la conservación del medio ambiente, el cuidado y protección de los animales eran valores sagrados.
Y entonces pensé que desde siglos inmemoriales las mujeres han perdido hijos, es el dolor más antiguo e inevitable de la humanidad. No soy la única, casi todas las madres pasan por esta prueba, se les rompe el corazón, pero siguen viviendo porque deben proteger y amar a los que quedan.
Así es. Por duro que suene es la realidad. Diariamente millones de mujeres y hombres en el mundo entero pasan o han pasado por esta experiencia. Desde siglos inmemoriales, tal y como lo expresa Isabel Allende. Sólo soy una más. Y como me lo dijo hace casi una década atrás un médico en Buenos Aires cuando le pregunté ¿Y por qué a mí? Y me respondió: ¿Y por qué no?
A pocos meses del primer aniversario de tu partida, hubo un atentado terrorista en la Escuela de Cadetes de la Policía, y murieron muchos jóvenes deportistas que se encontraban entrenando en este lugar. Volaron por el aire despedazados. La tarea de reconocimiento no fue fácil. Muchos padres recibieron de vuelta un trozo, un pedazo, de sus hijos. ¿Cómo considerar ante esta situación que mi dolor por la muerte de mi Juanes es único o irrepetible? No, es el pan de cada día para muchos padres y madres en el mundo entero. ¿Qué decir de los niños que mueren diariamente en los países en guerra? ¿De los que mueren de inanición o por falta de atención médica adecuada en India, África, Yemen, Bangladesh, la Guajira?
Mi vida está hecha de contrastes, he aprendido a ver los dos lados de la moneda. En los momentos de más éxito no pierdo de vista que otros de gran dolor me aguardan en el camino, y cuando estoy sumida en la desgracia espero el sol que saldrá más adelante.
No quiero sonar ni a heroína, ni a víctima, aunque la verdad es que nos han tocado todas y más. He tenido una vida plena y feliz en mil sentidos (como hija, hermana, esposa, madre, profesional, expatriada), pero así mismo en otros roles he tenido que experimentar el mayor dolor y desconsuelo.
Pero la tristeza me revienta por dentro con fragor de tempestad y se moja tu camisa con mis lágrimas, mientras un aullido visceral, que nace en el fondo de la tierra y sube por mi cuerpo como una lanza, me llena la boca.
Llegué al piso gritando tu nombre, llamándote con la absurda esperanza de que pudieses responderme: Juanes, Juanes, Juanes, ¿dónde estás? Recorrí cada estancia buscando inútilmente encontrarte. Ya no era posible. Habías partido para siempre. Hacia un nunca jamás, como en la canción que te canta Angie.
Han pasado catorce meses, algo más de cuatrocientos veinte días desde aquel fatídico martes de septiembre en el que tu vida se apagó de golpe. Aún sigo buscando y mirando las noticias y videos de aquel trágico accidente, intentando verte por última vez, tratando de recuperar tus últimos minutos. ¿Qué sentiste? ¿Qué pensaste? ¿Eras consciente de lo que estaba sucediendo? ¿Te sentiste solo? ¿Hubieses querido que yo estuviese a tu lado? ¿Como cuando niño, cuando sólo podías dormir a mi lado y agarrado de mi mano?
Todas las noticias televisivas y escritas dieron cuenta de ello en su momento. De la noche a la mañana te convertiste en un personaje público al que todos tenían acceso. Las fotos que alguna vez publicaste en tus perfiles sociales aparecían en periódicos, noticieros, revistas. Hoy en día cuando digito tu nombre me encuentro aún con noticias y reportes de aquella desafortunada noche. No es esa la manera en que esperaba fueras conocido. Nunca imaginé que un suceso tan trágico como tu muerte física fuese el que te daría a conocer públicamente.
Tierra, acoge a mi hija, recíbela, envuélvela, diosa madre tierra, ayúdanos, le pido, y sigo gimiendo en la noche que se viene encima, llamándote, llamándote.
Agradezco infinito a mis compañeras del Grupo de Oración de Bogotá que me regalaron un bono para sembrar un árbol en tu nombre en la Reserva Páramo Guerrero en Cogua, Cundinamarca. Para mí, por encima de tu tumba física (donde reposa tu cuerpo, un cuerpo que para mí es sagrado y que amo, respeto y honro), tu espíritu está allí, en ese árbol. Allí te encuentro, allí voy a buscarte cada vez que me es posible. Ese árbol representa tu esencia, el ser que fuiste en este plano, sólo vida, solo verdor.
(…) esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje.
Mi vida se detuvo para siempre aquella mañana del 4 de septiembre de 2018, cuando tu padre me transmitió las palabras de tu Tío Jimmy (quien hizo el reconocimiento de tu cuerpo en el Hospital Cardio Infantil), y nos comunicó vía telefónica que habías partido para siempre. Dos palabras inapelables y contundentes: «Juanes falleció. Juanes pass away».
¿Qué nombre o calificación puede dársele a un hecho como este? Tu hijo salió de casa un día cualquiera, sin prevención o expectativa alguna y sin saber que ya jamás volverá. Que su destino estaba marcado y que hasta allí llegó su vida y su tiempo.
Aún sigo esperando la respuesta.
Continuará…
Noviembre 26/2019